
Terremoto en Haiti
Alguien podría pensar que un país bañado por las aguas del mar caribe, con unas playas de ensueño, un paisaje cuidado y unos atardeceres inmejorables es una fuente inagotable de riqueza, de éxito. Idas y venidas de turistas. Dólares entrando, dólares saliendo. Pues no.
Haití antes del martes 12 de enero de 2010 era el país más pobre del continente americano. El 80% de sus 10 millones de habitantes se encontraban por debajo del umbral de la pobreza. Los niños, a pesar de que la Constitución les garantiza la educación gratuita hasta los 12 años, no van a la escuela. La segunda mitad del siglo XX había arrasado casi la totalidad de su superficie forestal (al pasar su zona arbolada del 60% de la superficie de la isla a poco más del 2%), y con ello la erosión de un terreno que pasa de ser verde a árido e intratable. Su economía, de espaldas a las playas, al turismo, al lujo, se basa en una agricultura desorganizada, con explotaciones mínimas y nada rentables. Lo poco que produce, en el sector textil, se enfrenta a las restricciones arancelarias estadounidenses.
La violencia, inestabilidad social y política, con una consecución de golpes de estado, exilios, gobiernos interinos en las últimas décadas… no han ayudado mucho a atraer inversiones extranjeras a la isla, potenciar la economía del país y su posición en el mundo. El 80% de sus habitantes con educación superior han emigrado para buscarse la vida en otros países con más oportunidades. Los pobres también huyen, pero a la vecina República Dominicana, con quien comparte la Isla La Española, y que es el ejemplo de cómo las cosas pueden hacerse medianamente bien para las condiciones innatas con las que se cuenta y mal, rematadamente mal.
Por si fuera poco, las tormentas tropicales en lo que llevamos de década ya se habían costado la vida a más de 3.000 personas, otras tantas desaparecidas, más de 180.000 haitianos sin alimentos ni hogares, y la puntilla a las pocas y débiles infraestructuras del país.
Sobre este panorama de desolación, el 12 de enero de 2010 un terremoto de 7 grados de intensidad sepultó en vida a 100.000 personas. Toda una ciudad, la capital, destruida. Las pocas infraestructuras en pie han pasado a mejor (peor) vida. Pánico. Miedo. Desesperación. Rabia. Dolor. Niños, mujeres, pobres y muy pobres… No quiero hablar de las imágenes, de lo que hemos visto durante la última semana. Eso queda en nuestras memorias para siempre.
Hay quien la suerte no acompaña ni la han conocido nunca, ni de lejos. Haití es el ejemplo más claro de que Dios no existe. Y si existe, se parece más al obispo Munilla (el que dice que peor que el desastre de Haití era la pobreza espiritual en España) que a cualquiera de los habitantes de ese devastado lugar. Las desgracias más desgraciadas siempre eligen a los pobres más pobres. Maldita la gracia y malditos los desgraciados (aunque vayan con sotanas).